El jueves, por cosas del curro, me tocó viajar a Barcelona y ser uno entre 1.300 invitados a la gala del Premio Planeta. Ya sé que lo que es tendencia, lo que viraliza, lo que funciona siempre, es criticar al Premio Planeta, proclamar que eso no es un concurso. Pero vas allí, ves la que se monta, lo que esa gente es capaz de juntar en una nave entera, y te quedas impresionado. También se cena bien, que tiene mérito para 1.300 cubiertos.
Durante los discursos nos dieron datos. Setenta y cinco ediciones, cuarenta y siete millones de libros vendidos. Sale a 625.000 por edición, más la de este año. Se presentaron 1.424 novelas (estamos locos), récord histórico. José Creuheras, presidente de Planeta, explicó que uno de los objetivos del premio es descubrir lectores. Nació para eso, en un país que entonces leía poquísimo.
Seguro que hay premios discutibles y muy discutibles. También hay premios indiscutibles y muy indiscutibles. Es un galardón comercial, un premio que nace para vender y para fomentar la lectura, porque la lectura es su negocio. Así que no voy a criticar al Planeta. Tampoco hace falta que lo defienda.
Solo te cuento lo que vi, que merece la pena:
Isabel Allende. Escucharla en persona. Ochenta y cuatro años, pequeñita, y una fuerza contenida que casi puedes tocar. Cuando subió a recoger el premio de manos de los Reyes, la sala entera se puso de pie.
Soltó un discurso que estos días es necesario. Habló de las democracias amenazadas por el autoritarismo extremo y por el fascismo. Dijo que vuelve a sentir el mismo miedo que la obligó a salir de su país después del golpe del 73. Habló de la mala memoria de la gente, de esa manía nuestra de idealizar a los caudillos. De cierre dijo una cosa que anoté en el móvil debajo de la mesa: “Cada historia es una semilla, yo tengo cientos de semillas. De pronto una semilla brota y empieza a molestarme. Es entonces cuando sé que ha llegado el momento de escribirla”.
El finalista era justo lo contrario a la carismática escritora chilena. Sergio Hernández Carrasco, valenciano, casi debutante, 32 años, guionista. De puro nervio nos contó su novela entera, de principio a fin, con una generosidad que ningún departamento de marketing habría autorizado. Y funcionó: me dieron unas ganas tremendas de leerla.
Se titula “La Añoranza” y va de una chica que en la Barcelona de 1959 se enamora de un traductor francés que desaparece de su vida. Veinte años después encuentra un informe franquista que lo relaciona con un supuesto plan para asesinar a Antonio Machado. Con que hubiera dicho solo esto yo ya estaba dentro.
Un traductor. Justo la semana siguiente a que yo os diera la turra con los traductores. Los curiosos hilos y serendipias que siempre surgen en estos correos.
Pero lo bueno de estas cosas nunca pasa en el escenario. Pasa después. Te levantas de la mesa, te montan en un autobús, mucha gente se va a casa o a su hotel y el resto acaba tomando copas en una fiesta en una terraza. Y allí empieza el chafardeo, que es el único género periodístico que funciona pasada la media noche.
Cierta tendencia natural por mi parte a la jarana hizo que yo fuera uno de los de la terraza y que allí viera a Alana S. Portero. Desde que la localicé ya no escuché nada de lo que decían en mi corro, asentí mucho, me reí donde tocaba. Y mientras tanto le daba vueltas a si acercarme a hacer de fan en una fiesta así es entrañable o un poco patético. Estuve un rato calculando la distancia, el momento y el grado de ridículo asumible.
Por mi curro he conocido a gente muy relevante y casi nunca me hago una foto con nadie. Soy malísimo admirando. Con Alana me puse como un grupi de quince años. Y al final me hice la foto clásica de pesado buscando famosos.
Leer su novela “La mala costumbre” fue una epifanía. Me tocó muy dentro por razones que no son mías y que me voy a guardar: hay una historia en mi familia a la que ese libro le pasa muy cerca. Eso explica por qué hice algo inusual.
El caso es que charlamos un rato, lo justo para no ser pesado (eso quiero pensar). Le conté que en mi familia su libro fue pasando de mano en mano. Que lo leyó uno y se lo dio al siguiente, y el siguiente al siguiente, y que acabó dando la vuelta entera. Que durante unos días se habló de él en todas las comidas. Que nos tocó a todos, y a cada uno por un sitio distinto.
Luego hablamos un rato de su nueva novela, “Cosamala”, que acaba de salir y que yo todavía no he leído, pero que en “Ahora que leo”, la web de laSexta de libros, acabábamos de reseñar. Se lo conté. No lo sabía. Le enseñé la elogiosa reseña en el móvil y se le iluminaron los ojos.
Cuarenta y siete millones de libros vendidos del Planeta, mil trescientos invitados, los Reyes, el millón de euros, la Fira de Barcelona entera encendida. Y lo que me traje a casa fue que a los que escriben y venden mucho les sigue importando que alguien les diga que les han palpitado sus letras por dentro.
Portero es una autora traducida a diecisiete idiomas, con el Cálamo y el Dulce Chacón en la estantería, consagradísima, y allí estaba, con la ilusión y la amabilidad exacta de una autopublicada debutante. Y enfrente, este señor de Burgos con corbata (que no llevo nunca, pero ahí tocaba) diciéndole que estaba enamorado de sus páginas y viéndola sonrojarse.
No hace falta más.
Así que hoy solo voy a recomendar un libro
La mala costumbre