Empiezo con dos aclaraciones.
La primera: el título de arriba coquetea con las artes más oscuras del clickbait. Lo sé. Lo he escrito igual. Tengo 325 suscriptores y una conciencia flexible. Pero aguántame la historia que tiene miga.
La segunda: ayer le dieron el Premio Nobel de Literatura a Anne Carson (canadiense, nacida en Toronto en 1950, poeta, ensayista y traductora de los clásicos griegos). No la he leído. Nada. Ni una página.
Por eso me gusta el Nobel. Una vez al año pronuncian un nombre raro. Cada octubre me convierte en un lector ignorante. Carson, por lo visto, estaba en Islandia cuando la llamaron. Dijo que estaba “escuchando el viento”.
Un repaso ordenado a mi propia ignorancia
Los cuatro premiados anteriores tampoco los había leído.
En 2025, el húngaro László Krasznahorkai, me pareció inabordable. Lo intenté dos veces. Lo dejé dos veces.
En 2024, Han Kang. Autora de La vegetariana. Es de los libros más violentos que puedas imaginar. Una auténtica belleza. Lo recomiendo al final de este correo.
En 2022, fue Annie Ernaux, una epifanía deliciosa. Leí Los años. Una mujer contando el siglo XX a través de lo que se comía, lo que se compraba y lo que se decía en las comidas de domingo. Nunca escribe "yo": escribe "nosotros". Y al terminarlo entiendes que lo que ha hecho es salvar un trozo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más.
Pero mi favorito es el de 2023: John Fosse. Con el noruego me enamoré como un quinceañero en verano.
Si lo juzgas con el manual de estilo, Fosse escribe mal. Apenas pone puntos. Frases que avanzan, se detienen, retroceden y vuelven a arrancar. Las comas hacen el trabajo de director de orquesta.
Repite. Un personaje dice algo y Fosse escribe "dijo". Y lo vuelve a escribir. Y otra vez. Y otra. Hasta que ese dijo machacón deja de ser un verbo y se convierte en un latido, o en el tictac de un reloj de pared.
Repite también los nombres, los gestos, los paisajes. Dos personajes se llaman igual. Alguien camina hacia el mar y tres páginas después vuelve a caminar hacia el mar y no sabes si es un recuerdo, una premonición o el mismo paseo contado otra vez. Fosse no te aclara nada.
Lo importante no está en los giros, no hay nadie escondido detrás de una puerta, ni una trama en el sentido estricto. Un viejo, una barca, un fiordo, la lluvia y personajes que te revelan preguntas existenciales que te encoge el alma.
A mí, que llevo veinte años en televisión escribiendo frase corta y punto seco porque nuestro público está planchando o haciendo desayunos mientras nos escucha, leer a Fosse es como entrar en una catedral. No entiendo el mecanismo que sostiene las naves. Pero funciona. Es un embrujo. Es música hecha de letras. Ritmo. Y mientras lo leía pensaba: ¿Cómo coño se traduce esto?
Porque si el milagro está en las comas, en la música y en un dijo repetido doscientas veces, alguien ha tenido que decidir, palabra por palabra, dónde va cada coma en español y cuántas veces se dice dijo. Alguien ha reconstruido el embrujo desde cero, ladrillo a ladrillo, en otro idioma. Y a ese alguien no le llama nadie desde Estocolmo.
Pausa a la historia. Salto del contexto, curiosidad random:
En 1994, tres estudiantes de un college de Pensilvania se tragaron dos películas seguidas de Kevin Bacon en la tele y se dieron cuenta de que el actor había trabajado con medio Hollywood, y el medio Hollywood restante había trabajado con alguien que había trabajado con Bacon. De ahí salió un juego, los seis grados de Kevin Bacon, que consiste en conectar a cualquier actor a lo largo de la historia y de cualquier parte del mundo con él en menos de seis pasos. Todo actor tiene su número Bacon. Bacon es cero. Quien ha rodado con él, uno. Y así hasta llegar a seis. No falla.
https://oracleofbacon.org/movielinks.php
En este enlace puedes probar con cualquier actor que se te ocurra y te sale el resultado.
Vamos a la paella
Pues mi número Fosse es dos.
Un día, hablando con mi amiga Lorena, me dice:
—Me voy a Noruega de vacaciones. A casa de una vieja amiga. Es la traductora de Fosse.
Como quien te comenta que va a con unos amigos a Torrevieja.
Mi tortuosa inquietud sobre cómo se reconstruían las comas de Fosse en español estaba a dos llamadas.
Esa conversación terminó ocurriendo, meses después, en una paella gigante. En el cumpleaños de los cincuenta de aquella amiga, la traductora llegó a la celebración desde Noruega. En mitad de la sierra de la Muela, en Murcia. Un antiguo cuartel de Carabineros rehabilitado por una cooperativa y convertido en viviendas, metido dentro de un parque natural, en un sitio donde no hay cobertura. Si quisiera inventarme un decorado literario no me saldría tan bien.
Y mi culo acabó sentado al lado de Cristina Gómez Baggethun, la traductora al español de Jon Fosse.
Le pregunté todo. Las comas, los puntos que no hay, cómo se decide el ritmo de otro en tu propio idioma. Una metralleta de cuestiones de sobremesa con el arroz enfriándose.
Y ella contestó con una sencillez maravillosa. Como si explicara la mecánica de un oficio, una receta de cocina o un truco para limpiar la plata. Quitándose importancia en cada frase.
Lo que me guardé:
Que Fosse habla de la muerte, del amor, de los celos y de la espiritualidad "de una manera muy abstracta, pero que cuando se te revela es profundamente concreta".
Que se parece a Lorca. Que como él tiene un pie en lo moderno y otro en lo popular, y que busca una manera nueva de hablar: escribir lo más sencillo que puede y, a la vez, lo más bello y lo más verdadero. "La poética de la sencillez".
Que la melodía de sus letras viene de que Fosse fue músico de joven. Que por eso puede escribir sin puntuación y que salgan piezas musicales, con un tema que se desarrolla, se va y vuelve.
Que traducirlo es un trabajo meticuloso, fino, como ir engarzando un collar de perlas. O componiendo una canción conservando esa melodía.
Eso es lo más cerca que he estado yo del Premio Nobel de Literatura. A un asiento. En una comida de campo y con el placer de una sobremesa larga e inolvidable.
El comité sueco da el Nobel ahora a Anne Carson por dialogar con los clásicos griegos. Es decir, por traducirlos. Han premiado a una traductora. Hemos cerrado uno de esos círculos imaginarios de este boletín.
Las tres novelas de hoy eran fáciles de elegir: