Estoy en esa fase rara en la que un escritor no escribe. La novela está terminada y ahora toca lo otro: los retoques, los cambios que sugieren los lectores cero, la espera a que conteste mi editora, el rompecabezas de cómo se saca adelante un proyecto acabado. Todo necesario. Nada divertido.
En mitad de ese tedio echo de menos inventar. En esta fase veo escenas o capítulos con los que empezar una historia nueva por todas partes.
Me pasó leyendo las últimas páginas de Putinistán, de Xavier Colás: un ensayo brutal sobre Rusia. Allí me encontré con una de esas crónicas que un periodista cuenta y que un escritor lee pensando: esto es lo que yo querría haber imaginado. Así que he utilizado esa parte de un ensayo para escribir un cuento breve sobre una estatua. Léelo como ficción. Al final te digo qué parte lo es y cuál ocurrió de verdad.
Llego desde el aeropuerto a la estación de Kiev. Es irónico que el metro de Moscú tenga una parada y un bulevar entero con el nombre de la capital que sus misiles intentan borrar. Subo a la calle y cruzo el barrio despacio. Mi primera madre, la biológica, eligió vivir aquí cuando no le quedó más remedio que mudarse a Moscú. Como si habitar un barrio que se llama igual que un país la mantuviera, de alguna forma, cerca de la tierra donde nació. Cerca de la familia que todavía le queda al otro lado de una frontera que ahora es una herida. Hoy le traigo un trozo de esa herida en el bolsillo, vengo a contarle algo que va a doler.
Yo salí de Ucrania siendo uno de aquellos niños de Chernóbil que una familia española acogió un verano y terminó adoptando para siempre. Crecí en Madrid, pero en estos casi cuarenta años nunca perdimos el contacto.
Ahora subo una escalera que huele a col y a humedad, con el corazón haciendo lo que hace siempre que vuelvo: latir como el de aquel niño.
Me abre la puerta y la noto más pequeña; los años se le han echado encima. Nos abrazamos, y su olor hace que en mi cerebro estallen recuerdos como palomitas en un microondas.
Me sienta en su humilde salón y hablamos de cosas pequeñas, las de siempre, hasta que llega la pregunta:
—Hijo, ¿qué sabes de la guerra?
La miro y la veo frágil, sentada en su sillón con las manos quietas, y no soy capaz. Pienso: déjala. Que conserve su paz. Que no cargue con un horror que ya no puede cambiar. Hago lo que creo que es un acto de amor: mentir por omisión. Le sonrío y le digo que no se preocupe, que las cosas están complicadas, pero lejos, que ella está bien aquí.
Mi madre me ofrece una sonrisa que me devuelve de un tirón a la infancia: la misma que ponía cuando yo le ocultaba algo que ella sabía desde el principio.
—Ven —me dice—. Ayúdame.
Se levanta despacio, apoyándose en mi brazo, y me lleva, paso a paso, hasta la ventana. Tarda. Cada metro le cuesta. Descorre un poco la cortina vieja pero limpia y señala hacia abajo.
—¿Ves esa estatua?
Veo una mujer de bronce, en mitad del parque nevado.
—Es Lesia Ukrainka. Una poeta nuestra, ucraniana. Es ella quien me cuenta la guerra.
—No te entiendo, madre.
—Antes, cuando a sus pies aparecían flores y fotos, sabía que habían matado a muchos. Podía bajar y preguntar. Por nombres. Por si había alguno de los nuestros. Y había vecinos que contestaban. Que te miraban a los ojos y te decían un pueblo o un apellido.
Se quedó un momento callada, con la mano en la cortina.
—Luego llegaron los policías. Se llevaron las fotos. Arrestaron a los que intentaron dejar unas velas. Ahora, cuando aparecen a vigilar, todos sabemos lo que significa: ha habido otra matanza. Pero bajo, y pregunto, y ya nadie quiere hablar. Nadie quiere contar nada.
Me acerco a la ventana, a su lado, y miro lo que ella mira. Cuatro jóvenes uniformados, con las mejillas encendidas por el frío, caminan despacio alrededor del pedestal, dando vueltas cortas para no quedarse congelados, custodiando una estatua que no va a ninguna parte, defendiendo de nadie a una mujer de bronce que lleva muerta un siglo. Soplándose las manos. Aburridos. Tristes. Seguro que sin saber que cada vez que los mandan a hacer guardia al pie de la poeta están gritándole al barrio entero lo único que han venido a callar. Ahora entiendo qué es lo que me toca hacer.
Ese hijo y esa madre son fruto de mi imaginación. La estatua, los homenajes, la policía, los niños que ya no bajan a jugar al parque. Todo está en el maravilloso final del libro de Xavier Colás. La estatua de Lesia Ukrainka, junto al metro de Kiev de Moscú, es el lugar donde el régimen anuncia, sin querer, las matanzas que pretende ocultar.
Quizá escribir no consiste en inventar historias. Consiste en reconocerlas cuando aparecen.
Los fotos pertenecen a este estupendo reportaje del New York Times https://www.nytimes.com/es/2023/01/26/espanol/protestas-moscu-guerra-ucrania.html
Vamos con las recomendaciones. La primera la de Colás.