Es la lectura, idiota
Ya sé que suena a boomer nostálgico agitando un libro de tapa dura mientras el mundo scrollea. Pero aguántame el párrafo, que me explico.
En 1992, un asesor de Bill Clinton colgó un cartel en la sede de campaña para que su equipo tuviera claro el eje de su mensaje: "Es la economía, idiota". Por muchas vueltas que dieras, todo se reducía a eso. Hoy las cosas han cambiado, las democracias parecen regirse por principios más espurios. Llevo un tiempo pensando que a nuestras sociedades les vendría bien un cartel parecido, casi seguro menos efectivo: “Es la lectura, idiota”.
Ya sé que suena a boomer nostálgico agitando un libro de tapa dura mientras el mundo scrollea. Pero aguántame el párrafo, que me explico.
Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano, acaba de publicar un texto maravilloso con una tesis: el lector de novelas es, por naturaleza, un insatisfecho y un rebelde. Insatisfecho porque no se resigna a tener una sola vida, así que roba otras (asesina con Raskólnikov sin mancharse las manos, casi se envenena con Madame Bovary sin morir), y en ese "casi" ensancha lo que cabe dentro de un ser humano. Y rebelde porque la ficción incomoda al poder: rompe la unanimidad, propone otro relato, mete grietas en las verdades oficiales.
Cita a Kundera, que llamó a la novela "el territorio donde se suspende el juicio moral". Y remata con que la lectura es el contrario exacto de las redes sociales, ese sitio donde se juzga y se condena a todo el mundo sin cesar y de inmediato.
Leer una novela y abrir Twitter exigen dos personas distintas. Una necesita silencio, lentitud y la paciencia de imaginar al otro hasta comprenderlo. La otra necesita ruido, velocidad y un enemigo al que señalar antes de pasar al siguiente. No caben las dos en la misma cabeza.
Por eso el cartel. En un mundo diseñado para fragmentarte la atención y venderte indignación al peso, sentarte veinte horas a habitar la conciencia de un desconocido es un acto de resistencia.
Hay un librito que redondea esta idea, uno de esos de cien páginas que pesan toneladas: El espacio de la imaginación, de Ian McEwan. Parte de un ensayo de Orwell de 1940 con un título rarísimo, "En el vientre de la ballena": ese refugio oscuro y acolchado, forrado de grasa, donde uno se mete a salvo del mundo mientras fuera ruge la tormenta y se hunden los acorazados. Orwell lo llamaba "la etapa suprema de la irresponsabilidad". Y la pregunta que McEwan hereda es si el que escribe puede quedarse dentro, calentito y a lo suyo, o tiene que salir a mojarse. Si se puede hacer algo bello sin decir, a la vez, algo verdadero sobre el mundo.
Guárdate esa ballena. Vuelvo a ella al final.
Os cuento todo esto un agosto porque es un mes para conectarse con ese animal lector que habita en tu interior. Yo en verano me desparramo. Leer en la playa con arena entre las páginas, leer a las tres de la madrugada sin miedo al despertador, leer hasta que se cierran los ojos y empezar otra vez al día siguiente sin haber hecho nada de provecho. Si durante el año soy un lector caótico, en verano directamente pierdo el control. Leo tres a la vez y salto de género sin vergüenza.
Empecé con HEX, del holandés Thomas Olde Heuvelt, terror del que te hace pensártelo antes de ir al baño de noche: una bruja con los ojos y la boca cosidos paseándose por el pueblo. Salté a El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati, sobre un soldado que se pasa la vida esperando en una fortaleza una batalla que no llega: me dejó arrasado. Después De ratones y hombres, de Steinbeck, una lección de lo que se puede hacer en cien páginas. Y La Odisea, claro, para ver la peli con los deberes hechos.
Llegué, por recomendaciones de las que me fio, a Bailando lo quitao, de Ana Millán. Lo hice con más prejuicios de los que me gusta admitir, y me equivoqué de arriba abajo: es como cotillear el diario de una señora interesantísima, con la Transición de fondo. Tengo que prejuzgar menos. Ando también con Epifanía, de Israel Merino, que me recomendó fuerte mi amigo Pedro Vallín, y que me chorrea barro mientras lo leo: un retrato soez de la España vaciada. Y cumplo mi ritual de cada verano: un Javier Marías. Este año, Mañana en la batalla piensa en mí. Escribió 16 novelas, aún me quedan nueve veranos de ritual.
Con Marías me pasa algo incómodo. Es el mejor escritor español de las últimas décadas, debió llevarse el Nobel, y odiaba la Sexta, criticaba con furia en sus columnas a la casa donde acabo de cumplir veinte años trabajando. Aun así, no puedo dejar de amarle como lector. Admirar a quien te desprecia es jodido.
Yo lo combato con devoción, tanta que abrí la nota al lector de mi primera novela (83 segundos) con una frase de Los Enamoramientos: “Lo que pasa en una novela es lo de menos: lo que se te queda son las ideas que te inocula, con más nitidez que los hechos reales”.
Y esa frase enlaza con una que dice un personaje de 83 segundos; la copio porque no destripa nada: "A veces, una mentira, una película, una canción o una novela, aunque no sean más que historias irreales, esconden mejores consejos que la mayoría de cosas que damos por ciertas."
Así que este agosto te pido una sola cosa: túmbate y desparrámate. Roba unas cuantas vidas ajenas. Sal más ancho de como entraste. Y cuando termines uno, escríbeme.
Y vuelvo a la ballena.
Esta semana he terminado el final del repaso de mi manuscrito. Eliminar 3.000 palabras innecesarias, quitar muletillas, asesinar adverbios. Mi novela es entretenimiento, pero por debajo late la defensa de eso frágil, ineficiente y maravilloso que somos, justo cuando más barato sale renunciar a ello. Seréis vosotros los que decidiréis si ese manuscrito de 80.000 palabras que salió de mis dedos merece la pena, pero lo que sí tengo claro es que saca la cabeza fuera del vientre de la ballena.
No cuento más. Aún.
Nos vemos la semana que viene.
Esta semana no hay libros porque el mail ya trae unos cuantos.
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