Se me ha pasado la hora de entrega.
Tengo una cita con vosotros, los sábados por la mañana, y esta semana lo he incumplido. Así que empiezo pidiendo perdón y explicando por qué: Han convocado elecciones para el 29N y mi vida ha saltado por los aires.
Llamadas de políticos. Negociaciones de debates. Preparaciones de plató. Líneas gráficas. Tensiones con las noticias. Y escaletas que son ejercicios de equilibrio imposible.
Supongo que a vosotros una campaña os dará pereza, hastío o directamente urticaria. Pues yo voy a confesaros que después de veinte años, de no sé cuántas elecciones y de un montón de debates en la mochila, a mí me sigue poniendo.
Por embarrado que esté el campo, por horrible que sea la polarización, por mucho que la discusión política esté donde está. Hacer tele. Contar cosas. Hacer algo útil mientras pasa. Eso sigue sin aburrirme, y a estas alturas ya he asumido que no tiene cura.
El problema es que una campaña se come el tiempo entero. Incluido el rato que le robo a la semana para esto, que es mi válvula de escape. De ahí que hoy llegue tarde, pero no con las manos vacías.
Mientras escribo esto, que iba a ser solo una disculpa, en la tele aparece Messi recogiendo el Princesa de Asturias en Oviedo y veo redondo el pie para hilar una de mis historias más repetidas. Hubo unos años en los que fui, además de director de informativos, director de deportes. Y en esos años me tocó ser jurado de ese premio. Entonces todavía se llamaba Príncipe (sí, soy mayor).

En uno de aquellos jurados coincidí con Manuel Estiarte. El mítico waterpolista, medallista olímpico, y durante años la mano derecha de Guardiola. Un tipo estupendo. Después de deliberar se cenaba en Casa Fermín, uno de los mejores sitios de Oviedo. Allí viví una de esas sobremesas que justifican cualquier viaje, Estiarte contó una historia que llevo veinte años repitiendo. Mis amigos ya me ven arrancar y miran al techo.
Va así.
Cuando Messi era un crío recién llegado al primer equipo, Estiarte hacía un poco de padre con él. Y tenían un juego. Un juego tonto, de matar el rato: en la sala de espera de un aeropuerto, en el comedor de un hotel, en un restaurante.
—Cierra los ojos.
Y Messi cerraba los ojos, empezaba el juego.
—¿Quién hay aquí?
Y Messi, con los ojos cerrados, se lo contaba todo. Un señor con abrigo rojo en aquella esquina, con una señora. Un matrimonio de mediana edad al fondo, él con gafas, ella rubia. Dos niños con sus padres a la derecha, vestidos de tal manera. Los trescientos sesenta grados de una habitación en la que acababa de entrar.
Estiarte explicaba algo que no se ve en los resúmenes ni en las estadísticas: Messi tiene una percepción del espacio fuera de lo normal. Por eso traza esas diagonales sin que nadie le alcance (para desesperación de este madridista). Por eso ve un pase que no ha visto ningún defensa en el campo. Juega con un plano del terreno que los demás no tienen.
Estiarte añadió la otra mitad: que a ese talento no es nada si no se le suma mucho trabajo y disciplina.
Entonces es cuando este madridista reivindica a Cristiano. Hay un dibujo que vi una vez y que no he vuelto a encontrar jamás (en una viñeta de periódico, en un meme, vete tú a saber). Messi sentado en la cima con alas de ángel, como si hubiera llegado volando sin esfuerzo aparente (sabemos por Estiarte que eso es mentira). Y Cristiano abajo, picando piedra, construyendo una escalera, peldaño a peldaño, hasta llegar arriba y sentarse a su lado.
Si alguien lo localiza, me hace un favor enorme. Llevo años buscándolo.
Y hasta aquí. Esto iba a ser un correo precioso sobre el talento y el trabajo, con su tesis, su desarrollo y su final redondo.
Pero me toca dejarlo así, un texto rápido escrito a vuela pluma y con las costuras a la vista. Lo compenso con un libro maravilloso sobre el talento, el esfuerzo y la cara oculta que esconden. Sin duda la mejor biografía deportiva que se ha escrito. Da igual que no te interese el deporte, este libro te va a encantar.