Los 50 libros de esta casa
Una estantería, cuatro pegatinas de colores y una lista para toda una vida
El 19 de noviembre cumplo cincuenta años. Una edad estupenda, según me asegura insistentemente un grupo que todavía no los tiene u otro que los echa de menos.
Hay para quien esto es solo un número. Yo era de esos, hasta que al llegar a los cuarenta la cosa se me atragantó más de lo que esperaba. Así que a los cincuenta llego escarmentado y con un plan: he decidido celebrar el año entero.
Estoy montando una lista de planes para los próximos doce meses. Habrá quien piense que es una forma de alargar la agonía, o de espaciar el golpe para que duela menos. Yo prefiero verlo como una tarjeta dorada de Willy Wonka: durante doce meses cualquier plan absurdo queda automáticamente justificado con un "es por los cincuenta". La excusa perfecta para organizar por fin esos planes aplazados.
Y no os penséis que la lista es sexo, drogas y rock and roll. Hay de todo, alguna cosa grande y muchas modestas: una partida de mus con mis amigos del colegio. Una cena en las brasas de Etxebarri con mi mujer. Un día entero, yo solo, perdido en el Museo del Prado. Una tarde de ensayo con mi vieja banda, echo de menos aporrear la batería. Son veinticinco planes, entre nimiedades y aventuras.
Pero en mitad de esta preproducción de cumpleañero, se me cruzó otra idea. Y esa es la que quiero contarte, porque tiene que ver contigo.
Tengo dos hijos, de catorce y doce años. Durante un tiempo me obsesioné con ser buen padre en el sentido más ansioso del término: darles oportunidades, exprimirles el talento, que no desperdiciaran ni un año, no repetir mis errores (que son muchos). Con el tiempo me he ido relajando. He llegado a una conclusión tranquila: si consigo que sean buenas personas, me doy con un canto en los dientes. Lo demás es ruido.
Pero me queda una manía, una sola, a la que no pienso renunciar. Quiero que sean lectores.
Si lleváis tiempo por aquí, no hace falta que os explique por qué. No creo que quien lee es mejor persona que el que no lee, la historia está llena de hijos de puta con bibliotecas magníficas: conozco a auténticos tiranos cultísimos y a bellísimas personas que no leen ni la lista de la compra. Pero sí creo que quien lee tiene muchas más papeletas de acabar siendo alguien interesante, complejo, curioso y, con suerte, un poco más feliz. Con mis hijos he tenido de todo en esto: éxitos, fracasos, batallas perdidas y alguna ganada. Vamos avanzando.
Y de la mezcla de las dos cosas (el cumpleaños y la manía) salió la idea que me trae hoy aquí.
Voy a montar una estantería nueva en casa (mi mujer ha dado el visto bueno con esa serenidad que solo proporcionan muchos años de matrimonio y demasiadas estanterías anteriores). De Ikea, claro. El plan es dedicar un par de baldas a colocar cincuenta libros: los que en esta casa creemos que hay que leerse a lo largo de una vida.
Cada uno de los cuatro que vivimos aquí tendrá un color de pegatina. Cuando alguien termina uno de los cincuenta, pega su pegatina en el lomo. La meta, a años vista, es que algún día los cincuenta lomos luzcan los cuatro colores. No es una carrera. Es un mapa compartido. Una forma de dejarles algo que no cabe en ningún testamento.
Y aquí viene lo difícil: fabricar la lista.
Esta lista no va a ser “los cincuenta mejores libros de la historia”. Eso ya está inventado, y además no sirve para nada. Quiero que sean los cincuenta de esta casa. Con nuestras filias, nuestras manías y nuestras perversiones.
La lista será injusta, arbitraria, demasiado hispanohablante, eurocéntrica, discutible, tendrá el sesgo del patriarcado por mucho que intente evitarlo y seguramente será indefendible ante un tribunal de Twitter. Perfecto. Es nuestra lista. Con sus ausencias imperdonables y presencias muy discutibles. Habrá bastantes que ya me he leído, pero también unos cuantos pendientes, porque la estantería va también por mí.
El truco está en no preguntarse “qué libros son los mejores”, sino “qué cincuenta libros quiero leer con mi familia”. Y os juro que ese enfoque cambia el camino. No pienso meter Ulises, ni La montaña mágica, ni En busca del tiempo perdido. Quiero fomentar la lectura, no vengarme de mis hijos. Que lleguen a los cincuenta, no que abandonen en el tres. Si más adelante les apetece escalar esas montañas, será cosa suya. Yo les doy el campo base.
Así que necesito tu ayuda. Y no es retórica de newsletter: la necesito de verdad.
Durante las próximas semanas, unos cuantos sábados, iré hablando por aquí de libros candidatos a entrar en esos cincuenta. Quiero cerrar la lista a finales de septiembre, que es cuando montaré la estantería. Y quiero construirla contigo, que para eso este club siempre fue de dos.
¿Qué cinco libros meterías sin dudarlo? ¿Cuáles son innegociables en tu casa? ¿Cuál te salvó, te cambió o te hizo lector? Pero recuerda: no son los mejores. Son los tuyos. O mejor: los que quieres compartir con los tuyos.
Para abrir boca, diez candidatos. Ya veremos cuáles sobreviven al corte.
1. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Porque si en esta casa hay que empezar por algún sitio, es por Macondo. Al fin y al cabo el realismo mágico aquí es el día a día.
2. Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. No hay prisa para que lo lean, pero es condición indispensable si quieren heredar. Sin presión.
3. El nombre del viento, de Patrick Rothfuss. El caramelo. El que engancha a un adolescente y lo convierte en lector para siempre. Que Rothfuss termine algún día la saga ya es cosa suya, no mía. Aquí mi hijo mayor ya tiene una pegatina puesta.
4. Y no quedó ninguno (antes conocido como los diez negritos), de Agatha Christie. Todo lector necesita descubrir alguna vez que "un capítulo más y me duermo" es una de las grandes mentiras de la humanidad.
5. Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Para que descubran que una novela de hace dos siglos puede ser más ingeniosa, más mordaz y más moderna que casi todo lo que se escribe hoy.
6. Crimen y castigo, de Dostoievski. El primer gran cara a cara con la conciencia. Cuando estén listos para entender que dentro de uno mismo también puede vivir nuestro peor monstruo.
7. Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute. Nuestra respuesta patria a Tolkien, escrita en secreto durante veinte años. Fantasía española de la buena, para que no piensen que la magia solo habla inglés.
8. Rayuela, de Julio Cortázar. Porque conviene que aprendan pronto que un libro se puede leer del derecho, del revés y saltando capítulos. Que las reglas, también las de la lectura, están para romperlas.
9. El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. La mejor historia de venganza jamás contada. El libro con el que yo perdí la noción del tiempo siendo crío. Si esto no los engancha, me rindo.
10. El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. El viaje río arriba hacia lo peor del ser humano. Corto y oscuro. Para iniciarse en el placer de leer cosas que incomodan.
Diez candidatos. Faltan cuarenta. Necesito que me asesores. Prometo foto de la estantería cuando este lista. Si algún día llego a viejo y veo cuatro colores pegados en Cien años de soledad, El conde de Montecristo o cualquiera de los libros que acabemos eligiendo, creo que podré dar por bastante bien empleados estos correos.
Nos vemos la semana que viene.
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