Me habéis roto la estantería (y la cabeza): 68 libros y un cóctel para ordenarlos
Cómo salir vivo de tres bandos de lectores usando un negroni.
La semana pasada os conté que iba a montar una estantería con los cincuenta libros de mi casa, y os pedí ayuda para completar la lista. Cometí un error de cálculo. No esperaba tantas respuestas. Y, sobre todo, no esperaba que casi todos vinierais, con la mejor de las sonrisas, a complicarme la vida.
En el correo, en los comentarios y hasta en el WhatsApp, me encontré con una avalancha. He contado los títulos que me habíais mandado. sesenta y ocho limpiando repeticiones (al final del correo los reflejo todos).
Tengo que confesar que me habéis dejado en mitad de una encrucijada. Hay tres bandos.
Bando uno: los guardianes del canon.
Los ortodoxos. Los que no piensan permitir que un niño de esta casa crezca sin haberse formado con los clásicos. Un ilustre miembro del club propone La Regenta —y yo digo “sin lugar a dudas”, aunque acto seguido pienso que se la harán leer en el colegio—, Guerra y paz, La familia de Pascual Duarte. Otro, con su erudición de costumbre, me suelta a Chaves Nogales, El mundo de ayer de Zweig (releerla hoy es entender el presente) y La fiesta del chivo. Un tercero incluso plantea el Nuevo Testamento. Son solo algunos de los muchos ejemplos.
Este bando me encanta. Y me aterra. Porque tengo dos hijos de catorce y doce años, no dos catedráticos de Literatura Comparada.
Bando dos: los que me piden que no torture a mis hijos.
Y entonces aparece una amiga a la que quiero mucho, y me manda un mensaje que es una colleja cariñosa: “la lista empieza mal. Si lo que quieres es leer con tus hijos, baja el listón porque te van a abandonar.” Y tiene razón. De qué me sirve una estantería llena de obras maestras si mis hijos la miran como quien mira una colección de manuales de instrucciones de lavadoras.
Este bando me trae La historia interminable, El señor de los anillos. La sombra del viento (aunque aviso que esta se la puse a mi hijo demasiado pronto por pura ansiedad y me salió el tiro por la culata). Aquí se lee por placer, no por deber. Y sin placer no hay lector, esto lo tengo claro.
Bando tres: los que no quieren desaprovechar la ocasión.
No solo toca elegir entre el canon y lo divertido, llegáis los que me subís la apuesta moral. Una querida doctora (que me recomienda a Pessoa para la crisis de los cincuenta como quien extiende una receta) señala que mi lista pinta muy blanca, muy de hombre. Me manda a Arundhati Roy, El dios de las pequeñas cosas, “y así te quedas menos eurocéntrico”. Otra, una maestra personal, me dice que me toca a mí hacer el esfuerzo porque a mis hijos “les va a seguir llegando el sesgo patriarcal por todos los lados” y que no puedo perder esta oportunidad.
Y asumo que una lista no es inocente. Lo que pones y lo que dejas fuera dice quién eres, y sobre todo dice a quién quieres que se parezcan tus hijos.
Así que aquí estoy. Abrumado, agradecido y sin saber por dónde tirar.
En la carta original dije que solo perseguía dos cosas con mis hijos: que fueran lectores y que fueran buenas personas. Nada más. Y creo que ahí está la brújula, escondida para elegir el camino entre vuestros tres bandos.
En mi primera novela, 83 segundos, hay una escena en la que el protagonista, mientras trata de ligar con una mujer casada, le explica el secreto del Negroni. Un Negroni perfecto es un tercio de ginebra, un tercio de vermú rojo y un tercio de Campari. Partes iguales. Ninguna manda sobre las otras. Lo amargo, lo dulce y lo seco en equilibrio exacto. Y por encima, una piel de naranja.
Ahí está mi lista.
Porque los tres bandos son tres tercios del mismo vaso. El canon, el gancho y la conciencia. Lo que perdura, lo que engancha y lo que abre los ojos. Y todos sirven.
Así que la estantería va a ser un Negroni.
Dieciséis libros de canon. Los cimientos. Los que no se discuten.
Dieciséis de gancho. Los que enganchan de verdad, los que hacen lectores, aventura y emoción sin culpa.
Dieciséis de conciencia. Los que abren el mundo: otras voces, otras geografías, otras luchas, otras pieles.
Cuarenta y ocho. Y por encima, la piel de naranja: los dos últimos no los pongo yo. Los eligen Víctor y Lara. Un libro cada uno, el suyo, el que quieran, sin derecho a veto por mi parte. Porque una estantería que quiere hacerlos lectores no puede empezar decidiéndolo todo por ellos. Cincuenta.
Pero la lista la haré yo, con calma, a finales de septiembre os diré como queda.
De momento os dejo con los 68 que habéis propuesto vosotros:
El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien. La aventura de las aventuras. El molde de toda la fantasía.
La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”. La provincia, el deseo y la hipocresía disecados como nadie. Un “sin lugar a dudas”.
Klara y el Sol, de Kazuo Ishiguro. Una inteligencia artificial que aprende a querer. Un librazo y una inspiración para mi próxima novela.
Los santos inocentes, de Miguel Delibes. La España rural y la dignidad de los humillados. Milana bonita.
A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Estampas de la Guerra Civil por el mejor periodista español del siglo XX.
La historia interminable, de Michael Ende. El libro sobre el poder de los libros. Un ideón para engancharlos.
Guerra y paz, de León Tolstói. El tratado definitivo sobre el género humano disfrazado de novela.
El dios de las pequeñas cosas, de Arundhati Roy. La India, la casta y el amor prohibido.
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Macondo, el realismo mágico y la certeza de que la realidad es un primer borrador mejorable.
1984, de George Orwell. El Gran Hermano, la vigilancia y la libertad. Más vigente que nunca.
Malena es un nombre de tango, de Almudena Grandes. Identidad, familia y deseo con la fuerza narrativa de Grandes.
El Nuevo Testamento. El mito fundacional de Occidente, se lea como se lea.
Ubik, de Philip K. Dick. La realidad que se deshace. Un viaje de setas sin setas.
La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela. El tremendismo en estado puro: violento, seco y demoledor.
La mujer habitada, de Gioconda Belli. Rebelión femenina y lucha por la libertad, con raíz indígena y realismo mágico.
El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. La voz adolescente más influyente del siglo. Perfecta para su edad.
La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón. El Cementerio de los Libros Olvidados. Adictivo.
La cárcel de amor, de Diego de San Pedro. Novela sentimental del siglo XV. Para entender de dónde viene todo lo que sentimos al leer.
El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Releerlo hoy es entender el presente y echar a temblar.
Momo, de Michael Ende. El tiempo, la prisa y quién nos lo roba. Un básico que ya leí con Lara.
La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. El poder, el miedo y la dictadura de Trujillo con precisión de bisturí.
Aniquilación, de Jeff VanderMeer. Lo inquietante y lo desconocido. Ciencia ficción que se mete dentro.
Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender. Cien páginas que caben una guerra entera y una traición imperdonable.
El juego de Ender, de Orson Scott Card. Estrategia, infancia y dilemas morales en el espacio. Engancha sin remedio.
Ramayana, de Valmiki. La gran epopeya de la India. Para que la estantería no mire solo a Occidente.
La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Saga, magia y política de varias generaciones de mujeres.
Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke. El mejor consejo que se le puede dar a alguien que quiere crear. O vivir.
El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas. La mejor venganza jamás contada. Con esto se pierde la noción del tiempo.
Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Qué queda de nosotros cuando se cae el barniz de la civilización.
Africanus, de Santiago Posteguillo. Roma, Escipión y Aníbal. Historia que se lee como un thriller.
La odisea, de Homero (versión de Carlos García Gual). El viaje de vuelta a casa que inventó todos los viajes. En edición para disfrutarlo.
La colmena, de Camilo José Cela. El Madrid de posguerra contado a través de decenas de vidas cruzadas.
Siddhartha, de Hermann Hesse. El viaje interior hacia uno mismo. Hasta tres lo han propuesto; me rindo.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. Qué nos hace humanos cuando la máquina también siente. Uno de mis preferidos.
Marianela, de Benito Pérez Galdós. La belleza, la ceguera y lo que de verdad merece ser visto.
La bailarina de Auschwitz, de Edith Eger. Sobrevivir al horror y elegir, pese a todo, la vida.
Piruleta, de Christine Nöstlinger. La infancia contada desde dentro, con humor y ternura. Puerta de entrada a la lectura.
Rayuela, de Julio Cortázar. Que aprendan pronto que un libro se puede leer del derecho, del revés y saltando.
Tieta de Agreste, de Jorge Amado. Color, humor y sensualidad del Brasil de Amado.
El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. El brillo de los años veinte y el vacío que esconde debajo. Una obra maestra.
Flores en el ático, de V. C. Andrews. El folletín oscuro que atrapa a cualquier adolescente.
La tía Julia y el escribidor, de Mario Vargas Llosa. Amor, folletín y oficio de escritor. Divertidísima y sabia.
Los árabes del mar, de Jordi Esteva. Un viaje literario tras la ruta de Simbad. Para los que sueñan con irse lejos.
Rebelión en la granja, de George Orwell. Cómo una revolución se convierte en aquello que combatía. Una fábula perfecta.
El diario de Ana Frank, de Ana Frank. La voz que le pone rostro humano a la barbarie. Imprescindible a su edad.
Entrevista con el vampiro, de Anne Rice. El gótico moderno, elegante y oscuro. Cautiva.
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. El padre de todo. Una lista española sin él sería un belén sin niño.
El nudo y la esfera, de Isabel Soler. Los grandes viajes portugueses y el vértigo de descubrir el mundo.
Mal de amores, de Ángeles Mastretta. Amor y Revolución mexicana con mujeres que deciden por sí mismas.
La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. El libro que quita el miedo a experimentar con lo que un libro puede ser.
Sin nombre, de Wilkie Collins. Novelón decimonónico de intriga, íntimo de Dickens y precursor de la novela policíaca.
Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie. La India entera cabiendo en un niño nacido con la independencia.
Obras incompletas, de Gloria Fuertes. La poeta que hablaba a los niños y a los adultos con la misma verdad.
La rosa del profeta, de Weis y Hickman. Fantasía de aventuras para devorar sin culpa.
El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. La melancolía hecha prosa. Ideal para una crisis de los cincuenta.
Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. La imaginación pura, para que completen la lista soñando.
Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas. Los escritores que dejaron de escribir. Preferiría no hacerlo.
La forja de un rebelde, de Arturo Barea. La memoria de un hombre y de un país que se rompe.
La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro. Un abuelo, un nieto y la ternura de despedirse de la vida.
Matilda, de Roald Dahl. Una niña que encuentra en los libros su refugio y su poder. Lo pueden leer niños y mayores.
Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski. Fe, culpa, parricidio y libertad. Una cima de la novela. Para cuando estén listos.
Imperio, de Ryszard Kapuscinski. El viaje del gran reportero polaco por las entrañas de la URSS. Brutal.
Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Breve, perfecta, imposible de soltar.
La metamorfosis, de Franz Kafka. Un hombre despierta convertido en insecto. La angustia moderna en cien páginas.
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena. Un psiquiátrico y la duda de quién está cuerdo. Adictiva.
Soy leyenda, de Richard Matheson. El último hombre vivo y la soledad como monstruo.
Metro 2033, de Dmitry Glujovski. La humanidad refugiada en el metro de Moscú tras el apocalipsis. Claustrofóbica y absorbente.
Contacto, de Carl Sagan. Qué pasaría si de verdad nos respondieran ahí fuera. Ciencia y asombro de la mano del mejor divulgador.
En las próximas semanas iré cerrando los tres tercios, tanda a tanda. Seguid mandando títulos, insensatos.
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