Ya está. He ido. Tres horas de butaca y ni un vistazo al móvil ni una escapada al baño, que a mi edad y con lo que dura es casi un milagro médico.
Primer aviso: si vas buscando una adaptación notarial de Homero, ahórrate la entrada y quédate en casa releyendo el canto que más te guste. Pero si lo que quieres es ver una gran película, no lo dudes. Es Nolan. Una maravilla. Otra más.
Vas a leer estos días mucha indignación profesional. Que si no transmite el poder de los dioses. Que si maltrata el protagonismo de las mujeres en la obra (ambas cosas ciertas). Y, cómo no, la crítica de siempre, la del que cuenta melanina en pantalla: ¡Helena de Troya es negra! ¡Que escándalo! Lo que a nadie molestó es que un inglés más blanco que un pan sin hornear haga de un Telémaco griego azotado por el sol de Ítaca. Curioso el rasero. No es woke o anti woke, simplemente se llama racismo.
Luego están las críticas serias, que las hay y merecen respeto. Para mí, la principal: que su Calipso retiene a Odiseo borrándole la memoria con una flor de loto (en el poema el loto que hace olvidar es el de los lotófagos, una isla antes, y Calipso lo retiene con la promesa de amor e inmortalidad, no con amnesia). Y ahí se pierde algo. Si a Odiseo le borran el recuerdo, ya no elige no volver a casa: simplemente no puede. Le quitas la decisión, el héroe pierde ambigüedad. Con Circe me pasó parecido: Nolan le lima toda la lujuria, y esa historia sin deseo queda más limpia y menos humana. Otra vez nos perdemos al Odiseo infiel e imperfecto.
Pero hay que entender que esta es la versión de Nolan, la suya. Y es gloriosa. La Odisea nació como poema oral, recitado por bardos, no como texto escrito: de ahí esas fórmulas que se repiten sin descanso (Atenea de los ojos glaucos, la aurora de dedos rosados), que no son torpeza sino mnemotecnia, anclas para que el rapsoda no perdiera el hilo ante el público. Y esos mismos bardos, seguramente, recortaban aquí y ampliaban allá según quién los escuchara. Si la propia tradición ya mutaba la historia según el contexto, ¿por qué no puede Nolan hacer su versión?
El guion es un reloj suizo. La fotografía te deja pegado a la pantalla. Escenas de monstruos filmadas más como cine de terror que como fantasía de palomitas: oscuridad, sonido, lo que no se ve. Hasta ha metido a Travis Scott de bardo. El rap conectado con la tradición oral de la poesía de Homero.
Y por debajo, o muy por arriba, los temas que llevan tres milenios sin caducar. El horror de la guerra y lo que le hace al que vuelve. Saber cuándo remar contra la marea y cuándo dejarse llevar. El respeto a la memoria de los muertos. La aceptación del destino. Y uno del que quiero hablaros y que conecta con nuestro mundo: la xenia. La hospitalidad.
Para los griegos, acoger bien al extranjero era una ley sagrada, vigilada por el propio Zeus. Recibías al que llamaba a tu puerta, le dabas de comer, cama y tu nombre, antes incluso de preguntarle quién era. Y el que llegaba tenía su parte del pacto: honrar a quien lo acogía, no abusar de la casa ajena. Las dos caras. El de dentro recibe bien; el de fuera se comporta.
Y aquí es donde la película se me salió de la pantalla.
Un par de noches antes había quedado en Lavapiés, rodeado de amigos que venían de medio mundo. Lavapiés es, si lo piensas, la xenia hecha barrio. Estaba el amigo del colegio que vuelve de Suecia con su chica portuguesa, allí ejerce de médica de familia (les dieron la estabilidad que aquí no tenían). Estaban los amigos napolitanos de las pachangas de fútbol, que contaron cómo en Madrid se sienten menos extranjeros que en Roma. Estaba mi amigo mexicano, que lleva años en Madrid y acaba de tener un bebé, con su doble nacionalidad. Nos contó orgulloso cómo la embajada de su país le acababa de mandar una carta preciosa dando la bienvenida a su hija como nuevo miembro de su patria.
Y pasó lo que pasa en esas noches largas, que sin darte cuenta, entre birra y birra, la conversación se puso a hablar de lo que de verdad importa. De lo que significa llegar a un sitio y ser bien recibido. Cada uno a su manera, daban las gracias por cosas que los de aquí ni miramos. La seguridad. La sanidad. La calma. Los derechos que costó siglos conquistar y que gastamos sin pensar, como quien deja el grifo abierto.
Mientras bebíamos y hablábamos, la camarera argentina que nos atendió toda la noche con una sonrisa, nos contó, casi quitándole importancia, que en plena celebración del Mundial, por llevar la camiseta de su selección, alguien le había dado una patada. Nos enseñó las marcas de los golpes en el muslo. Por una camiseta. En la fiesta de un país que ese mismo día celebraba ganar el mundo.
Ahí está la otra cara de la xenia.
Salí de esta semana con las dos cosas mezcladas: la película y la terraza de Lavapiés. Y con una idea sencilla, que no es mía, que tiene tres mil años, pero que hay que seguir repitiendo porque se nos olvida cada generación. Que lo importante es saber recibir cuando eres el de dentro (como los feacios, que reciben a Odiseo náufrago). Y saber comportarte cuando eres el de fuera (no como los pretendientes que se instalan en casa de Odiseo a vaciarle la despensa). En el fondo, todos estamos en el mismo barco, remando en la misma dirección, intentando volver a alguna Ítaca.
Yo había estado rodeado de gente que hizo el viaje al revés: dejaron su isla para buscar otra. Odiseo lucha por regresar; mis amigos lucharon por quedarse. Los mismos mares, la dirección contraria. Y todos, en el fondo, buscando un sitio donde te reciban bien, puedas crear un hogar y, por fin, echar el ancla.
Y esta semana, como estamos de vacaciones, os perdono la distopía. Que descanse hasta que llegue la mía. A cambio, dos libros que van de lo mismo que la carta: de llegar a un sitio y de cómo te reciben.