Spider-Man, un filósofo coreano y vosotros
Lo que aprendí sobre parar viendo una peli de superhéroes. Y lo que me habéis enseñado vosotros.
El lunes fui con mis hijos a ver la nueva de Spider-Man. Cine de verano, aire acondicionado, palomitas y yo preparado para dos horas largas de acción, endorfinas y pensamiento plano. Lo justo para desconectar. Pero el arranque me pareció interesantísimo, tanto que mi extraño cerebro se fue de viaje hasta unas páginas que leí hace un año de un filósofo coreano. No te asustes, estoy bien. Intento explicarme.
La peli arranca con un Peter Parker completamente solo. Por razones que vienen de la película anterior, ha desaparecido de la vida y de la memoria de todos los que quiere (su novia, sus mejores amigos). Nadie recuerda a Peter Parker, y él los recuerda a todos. Nueva York ya no conoce la identidad secreta del héroe. Lo único que le queda es ser Spider-Man a tiempo completo. Salvar la ciudad mañana, tarde y noche. Y cuanto más se entrega, más se va deteriorando, hasta que la propia tensión amenaza su vida.
Un superhéroe con burnout. Y ahí fue cuando mi cerebro se fue de viaje.
¿Recordáis a Roberto Benigni saltando por encima de las butacas para recoger su Óscar por La vida es bella? Pues yo me imaginé así al filósofo Byung-Chul Han, escalando asientos con la coleta al viento hasta sentarse a mi lado, fila 13, butaca 7. Su libro La sociedad del cansancio explica exactamente lo que estaba viendo en pantalla. Han es lo más parecido a una estrella del rock en versión filósofo: surcoreano afincado en Alemania, se puso tan de moda que muchísima gente cita ese libro sin haberlo leído, cosa que tiene su gracia tratándose de un ensayo tan corto que apenas dura media tarde.
Su tesis es demoledora, te la resumo, aunque insisto en que te lo leas. Ya no necesitamos un jefe cabrón que nos explote, hemos aprendido a hacerlo nosotros solos. El capitalismo ha perfeccionado el invento. Antes había alguien diciéndote "tienes que". Ahora eres tú diciéndote "yo puedo". Puedo trabajar más, entrenar más, contestar otro correo, ser mejor padre, dormir ocho horas, leer sesenta libros al año y, si me quedan siete minutos libres, aprender algo de inteligencia artificial por si acaso. Somos a la vez el capataz y el obrero de nuestra propia explotación. Y lo perverso es que nos creemos libres. Cuando no llegamos, la culpa nunca es del sistema: nos culpamos a nosotros mismos. No existe la injusticia, todo es el resultado de una insuficiencia personal. No has dado tu mejor versión.
¿Ves por dónde voy? Peter Parker no necesita que nadie le ordene salvar Nueva York. Se ha convencido de que, como puede hacerlo, debe hacerlo. Siempre. Hasta desaparecer del todo dentro de Spider-Man. El triunfo definitivo del sistema no es conseguir que trabajemos mucho. Es conseguir que llamemos realización personal a nuestra incapacidad para parar.
Y la peli, para mi sorpresa, hila más fino que muchos ensayos. Peter se quema por haber convertido su vocación en toda su identidad. Cuando nadie necesita a Peter Parker pero toda Nueva York necesita a Spider-Man, ser útil sustituye a sentirse querido. Ahí está la trampa del adicto al trabajo, y es un círculo perfecto: cuanto más solo está, más trabaja; cuanto más trabaja, menos vida tiene; y cuanto menos vida tiene, más necesita el trabajo para saber quién es.
El burnout, entonces, no es simple cansancio. Es la desaparición de la persona dentro de su función. Cuanto más poderoso y eficaz se vuelve Spider-Man, más se deteriora Peter Parker. Es la metáfora contemporánea: puedes seguir rindiendo de maravilla de puertas afuera mientras por dentro te estás quedando sin nada.
Y debajo de todo, la soledad. Peter sabe salvar a cualquiera, pero no deja que nadie lo salve a él.
Y la película acaba hablando de que hace falta un sitio donde a uno lo quieran sin tener que demostrar para qué sirve. De que pedir ayuda, parar y necesitar a los demás no es lo contrario de ser fuerte: es otra manera de serlo. La aventura, al final, solo merece la pena si hay alguien con quien compartirla.
Y aquí, si me permites, me pongo un momento en Peter Parker.
Para mí escribir estos correos es una terapia. Un desahogo. Mi manera privada de colgar la americana y la camisa y apagar mi propio burnout una vez por semana. Pero he descubierto que sabe muchísimo mejor cuando hay alguien al otro lado. Ya sois más de doscientos en este club (220). Gracias. De verdad.
Y gracias, sobre todo, a los que respondéis. El último correo, el de "Es la lectura, idiota", me llenó la bandeja de respuestas, muchas de ellas recomendando libros. Así que esta semana le doy la vuelta al club: os recomiendo lo que me habéis recomendado vosotros y yo no he leído. Este club funciona en las dos direcciones.
Así que este agosto hazte un poco Peter, deja que alguien te salve y empieza por cualquiera de estos, que los eligió gente con buen criterio:
Un día en la vida de Abed Salama, de Nathan Thrall (Anagrama). Premio Pulitzer de no ficción. Reconstruye, hora a hora, la búsqueda desesperada de un padre palestino tras el accidente del autobús escolar de su hijo de cinco años cerca de Jerusalén. Periodismo que se lee como una novela y que, por debajo de una sola jornada, cuenta toda una tragedia. Me lo ha recomendado una de las mejores periodistas de España.
Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee. Un clásico del Nobel sudafricano sobre un magistrado de un imperio sin nombre que empieza a dudar de los suyos. La parábola perfecta sobre cómo el poder necesita inventarse un enemigo para justificarse. Uno de esos libros que me nombra con respeto un tipo sabio y yo, con vergüenza, aún no he leído.
Zama, de Antonio Di Benedetto. La joya argentina que hay que descubrir: un funcionario colonial esperando durante años un destino que no llega, corroído por la espera. Es un “Desierto de los Tártaros” con un océano de por medio.
Pan de azúcar, de Balli Kaur Jaswal. Una historia de mujeres, familia y migración, con humor y con garra. Si tiene la mitad de vida vivida que el que lo recomienda, será toda una aventura.
La otra guerra, de Leila Guerriero. A Guerriero ya la adoro, pero esta crónica sobre los cementerios de las Malvinas y los soldados sin nombre no la había leído. Que me la recomendéis vosotros la convierte en obligatoria.
La razón poética, de María Zambrano. Me lo trae Lorena, mi profe, amiga, mi mejor correctora y editora, que cada vez que responde a una de estas cartas la mejora. Si ella lo recomienda, se lee. Punto.
Normas de cortesía, de Amor Towles. Un caballero en Moscú es de mis novelas favoritas y me daba miedo leer otra suya y perder el amor. Celia, del club, me ha quitado el miedo: a por esta, que Towles es un genio recreando atmósferas. Ella sigue viviendo en el hotel Metropol. Yo también.
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