Por eso, mientras medio país hace cola para entrar en el cine, he decidido regalarte un curso valorado en 2.997 euros.
Gratis.
Durante los próximos minutos voy a escribir como esos vendedores que aparecen en Instagram prometiéndote hacerte rico escribiendo libros desde una playa de Bali, vivir de las criptomonedas aunque no sepas distinguir un bitcoin de una lavadora, o convertirte en un tiburón de las finanzas gracias a un señor que te llama bro mientras hace flexiones delante de un Lamborghini alquilado. Ya sabes: "el secreto que nadie quiere contarte".
Pero, por una vez, el secreto existe y lleva siglos funcionando.
Si desmontaras las cien novelas más vendidas del último medio siglo como quien abre un reloj suizo para estudiar sus engranajes, acabarías encontrando casi siempre las mismas piezas que hay en la Odisea. Tolkien, Rowling, George Lucas y Disney llevan toda la vida repitiendo determinados patrones.
Casi todos los trucos que hoy te mantienen despierto a las dos de la mañana con un libro entre las manos ya estaban en ese poema:
Empezar por la mitad, con la acción ya lanzada, y contarte el principio más tarde. El in medias res y el flashback los inventó un señor ciego (aunque no está claro si era ciego, ni siquiera si era un señor) hace tres mil años.
El héroe listo en lugar del forzudo. Odiseo no gana por bíceps, gana por cabeza. De ahí vienen Sherlock, Tyrion Lannister y cualquier prota que prefiera el ingenio al mamporro.
La identidad oculta y el disfraz. El rey que vuelve a casa vestido de mendigo para que nadie lo reconozca. Todo superhéroe con antifaz le debe los derechos de autor.
Saber tú algo que el personaje ignora, y sufrir por él. La ironía dramática, el motor de todo buen suspense.
Bajar al infierno y volver. Odiseo lo hizo antes que Dante, antes que Luke en el lado oscuro, antes que cualquiera.
Podría seguir. La hospitalidad como prueba moral, los monstruos que en realidad son nuestros miedos, la sucesión de pruebas...
La Odisea es la caja de herramientas de la que llevamos robando tres milenios. Pero hoy quiero coger solo una. El esqueleto que sostiene desde el propio poema hasta la novela que te vas a comprar este verano: el viaje del héroe.
Así que agárrate, bro. Aquí tienes el curso definitivo para hacerte rico escribiendo un best seller.
Primera lección: deja huérfano a tu protagonista
Casi todos los héroes lo son.
Harry Potter, en una alacena bajo la escalera. Luke Skywalker, criado por unos tíos hasta que aparecen dos robots. Spider-Man, que entierra a sus padres y por si acaso también al tío Ben. Frodo, huérfano, adoptado por Bilbo. Kvothe, que ve morir a toda su troupe en El nombre del viento. Jack, criado en el bosque en Los pilares de la tierra. Simba, que ve morir a su padre y huye creyéndose culpable. Tom Sawyer, Oliver Twist, Jane Eyre, Heidi, Mowgli, Tarzán, Superman —huérfano de un planeta entero—, Batman, Katniss, Momo, Daniel Sempere. Incluso Bambi se queda sin madre.
¿Por qué esta crueldad? La orfandad es un requisito técnico, no un adorno melodramático. Un héroe con padres no sale de casa. Los padres protegen, aconsejan, encienden la luz cuando hay un ruido raro y preguntan a qué hora vuelves. Un chaval con dos padres vivos no cruza ningún umbral ni se sube a ninguna nave. Se queda cenando. Y hace bien. Por eso la literatura los aparta en el primer capítulo. La épica tiene el precio de la intemperie.
Homero le hace algo más retorcido a Odiseo: lo convierte en huérfano de sí mismo. Empieza el poema llorando en una playa, prisionero de una ninfa, sin barco, sin tripulación y sin reino. Da igual que tenga padres: le han quitado todo lo que era. Está solo frente al mundo.
Regla: los padres hacen buena infancia. Los huérfanos hacen buenas novelas.
Segunda lección: échalo a la carretera
Los héroes casi siempre empiezan siendo ignorantes o prudentes. Frodo no quiere el Anillo. Luke prefiere quedarse ayudando en la granja. Hasta don Quijote tarda años en decidirse a abandonar su biblioteca.
Nadie se levanta un martes pensando:
—Qué ganas tengo de abandonar todo lo que conozco para sufrir durante cuatrocientas páginas.
Por eso toda gran historia necesita quemar las naves, amenazar la Comarca, expulsar a Simba o destruir Troya. El héroe cruza un umbral. Y ese umbral a veces es una decisión, una traición, una muerte o una simple llamada de teléfono. Pero desde ese momento el personaje ya no puede volver a ser quien era.
Regla: si tu protagonista puede volverse a casa, es que no has quemado bastante.
Tercera lección: sé una persona horrible con tu protagonista
Aquí empieza la parte divertida para el escritor y la desagradable para el protagonista.
Hazle daño. Mucho. Después más. Y cuando pienses que ya has sido suficientemente cruel, vuelve a empezar.
Odiseo se enfrenta al cíclope, a Circe, a las sirenas, a Escila, a Caribdis, y va perdiendo, uno por uno, a todos sus hombres. Don Quijote termina molido a palos una y otra vez. Frodo carga con un objeto que lo va consumiendo. Harry Potter descubre que el mundo mágico también entierra a los inocentes.
Odiseo llegó a Troya siendo el hombre más astuto de Grecia. Salió de ella creyéndose invencible. Y el viaje consiste, precisamente, en desmontarle esa arrogancia.
Si tu protagonista sigue resolviendo los problemas igual en la página trescientas que en la veinte, has escrito un videojuego en modo fácil, no una novela.
Regla: cuanto más quieras a tu personaje, más leña. El lector no perdona la comodidad.
Cuarta lección: mándalo al infierno
Literalmente, si puedes. Odiseo baja al Hades. Orfeo también. Eneas hará lo mismo siglos después. Dante convertirá ese descenso en una obra maestra. Luke entra en la cueva de Dagobah. Harry camina voluntariamente hacia la muerte. Simba habla con el fantasma de Mufasa.
Es la muerte simbólica. Sin esa muerte no hay transformación, y sin transformación no hay historia.
Regla: el que empieza la novela tiene que morir para que nazca el que va a terminarla.
Quinta lección: dale cuatro compañeros
Un huérfano solo no llega a ninguna parte. Como en toda buena película inglesa, lo que lo sostiene son cuatro grandes secundarios. Casi siempre los mismos:
El maestro, que le enseña lo que sus padres muertos ya no pueden y le ayuda a gestionar su poder. Gandalf. Dumbledore. Obi-Wan. Merlín. Atenea disfrazada, susurrándole al oído a Odiseo. El tío Ben y su frase sobre el poder y la responsabilidad.
El amor, que le da algo que perder y, por tanto, una razón para volver. Penélope, tejiendo y destejiendo durante veinte años. La Leia de Luke. La Mary Jane de Peter. La Aliena de Los pilares.
El amigo simpático, el que pone el corazón, el sentido común y algún chiste cuando la cosa se tuerce. Ron Weasley. Han Solo. Pippin, Merry y Sam, cargando a Frodo cuesta arriba. Timón y Pumba. O el mejor de todos: Sancho Panza.
Y el antagonista. El héroe solo se entiende contra alguien de su tamaño. Voldemort. Darth Vader. El Duende Verde. Los pretendientes instalados en el salón de Odiseo, comiéndose su despensa mientras esperan a quedarse con su mujer y su trono.
Y ahora el detalle sangriento, el que hay que tener valor para aplicar: alguno de los tres primeros tiene que morir. Obi-Wan se deja matar por Vader para que Luke eche a correr. Dumbledore cae de la torre. Ben muere para que Peter entienda. Casi siempre le toca al maestro, porque su muerte es la que empuja definitivamente al huérfano a hacerse mayor. Ya no hay quien lo proteja. Otra vez a la intemperie.
Regla: si nadie llora en tu novela, es que no te has atrevido a matar a quien tocaba.
Última lección: ponlo delante de una prueba imposible antes de volver a casa
Todo lo anterior era entrenamiento. Ahora llega el examen. Y nunca gana el más fuerte: gana el que más ha cambiado. Odiseo recupera Ítaca gracias a la paciencia y a la inteligencia, no por la espada. Luke vence cuando decide no matar a su padre. Harry gana porque acepta morir.
El verdadero premio nunca ha sido el reino. Ni el tesoro. Ni la princesa. La recompensa siempre es la misma: haberse convertido en alguien capaz de merecerlos.
Aristóteles llamaba a ese momento anagnórisis: el instante en que el personaje comprende quién es realmente. "Yo soy tu padre". Y es perfecto si coincide con el momento en que también lo comprende el lector.
Regla: el viaje no consiste en llegar. Consiste en volver cambiado.
El verdadero truco es que lo que copiamos de la Odisea es la arquitectura, no las historias. Las fachadas cambian, pero los cimientos siguen ahí.
Después de este curso gratis, la próxima vez que abras una novela o entres en un cine ya no podrás dejar de verlo.
Enhorabuena. Acabas de completar un curso valorado en 2.997 euros. Ya conoces el secreto que Hollywood, Netflix y las editoriales de éxito. Tienes el mapa del tesoro. Ahora solo falta tres detallitos: muchísimo trabajo, muchísimo talento y una cantidad obscena de suerte. Es curioso que sean tres cosas que ningún gurú puede venderte.
Ahora, la contradicción. La novela que yo acabo de terminar de escribir (que algún día verá la luz) es justo una enmienda a todo esto. Tiene una inteligencia artificial que nos cuida como una madre. Allí el manual se rompe. Una sociedad sin fallo, una distopía que es una utopía. Quería que el temblor viniera justo de ahí. De un sitio donde todo está decidido, calculado, sin margen de error. Y de lo que eso termina haciéndonos.
No cuento más. Aún.
Hoy, en cambio, os traigo tres novelas que cumplen el manual a rajatabla. Las tres siguen el viaje del héroe paso por paso. Y las tres funcionan.